Tenemos que hablar del desastroso desenlace de House Of Cards

Tenemos que hablar del desastroso desenlace de House Of Cards

Sensatez es una palabra que yo jamás usaría para describir House Of Cards. Hace mucho tiempo dejó de ser una serie en busca de prestigio y profundidad para dedicarse a ser un culebrón vestido de gala.

Y por mucho tiempo esa fórmula funcionó, pero la temporada final que Netflix publicó el 2 de noviembre es lo más alejado de un desenlace digno para una serie que en su momento fue considerada de las mejores de la TV.

En el mundo de la ficción serializada es común que las historias que comienzan con una premisa muy interesante y bien ejecutada, sufran cierto declive en calidad conforme pasa el tiempo.

De hecho, son pocas las series que logran mantener y mucho menos aumentar la calidad con cada temporada. Breaking Bad es un raro ejemplo de cómo hacerlo bien. Pero incluso series que fueron estiradas más allá de lo necesario (como Dexter, Lost o The Good Wife) lograron mantener cierta dignidad.

Ese no es el caso de House Of Cards, una serie que, confieso, disfruté de principio a fin. Podría considerarme un fan. Pero eso no quiere decir que no sea consciente de la acumulación de inconsistencias y el abuso de giros narrativos que carecen de valor más allá de generar un impacto momentáneo. Todo esto para desembocar en un desenlace sin sentido, que no aportó nada al arco general de la serie, ni resolvió interrogantes, ni generó algún tipo de cierre satisfactorio.

Desde que la carrera de Kevin Spacey colapsó por un muy comentado escándalo de abuso sexual, era lógico que Netflix tenía que despedirlo y distanciarse lo más posible de él quien por un tiempo fue la principal estrella en su oferta de contenidos. Prácticamente la cara de Netflix.

El problema es que después de cinco temporadas ya era hora de cerrar la historia, pero sin el actor que interpretaba al personaje principal no tenía mucho sendito hacer una temporada más. Yo supuse que la serie quedaba automáticamente cancelada. Y así debió ser.

Pero no. Netflix decidió producir una última temporada (de solo 8 capítulos) enfocada en la presidencia de Claire. La temporada anterior terminó con un cliffhanger en el que (ironías de la vida) Frank Underwood se quedó sin trabajo y su esposa Claire asumió el rol de presidenta de Estados Unidos. Parecía que la ficción era una premonición de los acontecimientos en la vida real.

Yo hubiese preferido que Netflix cancelara la serie en ese punto. Tal vez un spin-off centrado Claire habría sido más apropiado o una serie nueva con Doug Stamper como protagonista.

Como muchos fans, yo no quería dejar de visitar esta sofisticada recreación de Washinton D.C. que creó el director David Fincher para Netflix con base en la miniserie homónima de la BBC de 1990. Una nueva serie con nuevos protagonistas en ese mismo universo narrativo hubiera sido interesante, como Better Call Saul o The Good Fight.

La cosa es así. Para Netflix, House Of Cards fue su carta de presentación ante el mundo como una casa de contenidos propios. En 2011, la empresa compró el proyecto y, sin haber hecho un episodio piloto (que es como la mayoría de series reciben luz verde) ordenó la producción de 2 temporadas de 13 capítulos cada una.

Con la visión creativa de Fincher y con el productor Beau Willimon a la batuta, Netflix hizo una ambiciosa apuesta que resultó ser un éxito rotundo tanto en premios como en impacto cultural. Y esa apuesta se nota en la calidad de las 2 primeras temporadas, que contaron con el tiempo, los recursos y la libertad creativa necesaria para contar una buena historia.

Con House Of Cards, Netflix demostró que internet era el futuro de los contenidos televisivos y en especial de las series de ficción. Después vinieron más exitosas series diseñadas para el “binge-watching”, o sea, para el consumo en maratón, como Orange Is The New Black, Unbreakable Kimmy Schmidt y Stranger Things.

En pocos años, Netflix se hizo indispensable en los hábitos de consumo de millones de personas en el mundo y ahora es el estándar con el que se miden otras empresas que pretenden ser su competencia. Amazon, Disney, HBO y hasta Apple quieren destronar a Netflix como la plataforma de streaming número uno.

Pero como ya sabemos, a Hollywood le gusta tomar lo que funciona bien y ordeñarlo una y otra vez hasta que todo el mundo lo detesta. Para la temporada 3, mucha gente dejó de hablar de House Of Cards como una serie “prestigiosa” y de ahí en adelante las críticas se hacían cada vez más negativas.

Yo nunca abandoné House Of Cards porque ver una serie es literalmente una inversión de tiempo y atención. Y como en cualquier inversión, uno espera una recompensa. En el caso de las series, uno espera como mínimo un rato de buen entretenimiento, con personajes cautivantes y giros narrativos satisfactorios.

Por desgracia, la sexta temporada de House Of Cards no ofrece ni lo uno ni lo otro. El personaje de Claire se desdibuja por completo para convertirse en una caricatura grotesca de aquella mujer sagaz y manipuladora que nos enamoró en las primeras temporadas. A estas alturas, Claire está más cegada por el poder que Cersei Lannister cuando hizo explotar el septo de Baelor en Game Of Thrones.

Netflix contrató actores de talla mundial como Robin Wright, Michael Kelly, Patricia Clarkson, Diane Lane y Greg Kinnear, y los puso a actuar en una telenovela de horario matutino, con historias ridículas que no llevan a ninguna parte, como la muerte fingida de Cathy Durant y el supuesto embarazo de Claire a los cincuenta y tantos años de edad, muchos meses después de muerto Frank.

Claramente la salida de Spacey obligó al equipo de producción a reescribir el desenlace y es evidente que no tuvieron el tiempo ni las ideas necesarias parar ensamblar un cierre menos vergonzoso.

Yo siempre quise que el final de la serie fuera una reinterpretación de La guerra de los Rose, una película de 1989 en la que a una pareja de esposos se les acaba el amor, empiezan a pelear y a hacerse la vida imposible hasta terminar destruyéndose el uno al otro.

En cambio, la serie introduce nuevos personajes a estas alturas (la familia Shepherd, cuya misión en la vida es destruir a Claire) simplemente para artificialmente hacer la trama más complicada de lo que ya era, lo cual no dio tiempo para resolver el conflicto central de la serie que era la cantidad de crímenes que los Underwood acumularon en su ascenso al poder.

Tal vez los creadores de la serie querían hacer énfasis en la cantidad de tiempo y energía que los políticos gastan tratando de evitar escándalos, cuando deberían estar haciendo su trabajo. Tal vez querían dar a entender que en estas altas esferas las artimañas son tan oscuras y abundantes que casi siempre los malos se salen con la suya. En cualquier caso, este final se siente abrupto y fuera de lugar.

Hay una escena en el penúltimo capítulo en la que Jane Davis le dice al vicepresidente Mark Usher que renuncie, que se retire en silencio antes de perder la poca dignidad que le queda. La serie debió haber hecho caso de ese mismo consejo hace mucho tiempo.

Jazid Contreras

Tengo los ojos cuadrados de ver televisión desde que tengo uso de razón. Periodista, pacifista, entusiasta de la tecnología y, sobre todo, ávido consumidor de historias. jazid@outlook.com